Los Encuentros (by Fernanda Solíz)

Este pequeño pero sentido relato es de mi maestra la Dra. Fernanda Solíz, una mujer altamente comprometida con la ecología y las comunidades afectadas y vulneradas por la minería a gran escala. Gracias a ella he aprendido a conocer, sin nunca haber estado en el sitio, la triste realidad de estas familias y la desesperación frente a la depredación ambiental. Leánlo todo y agradecería mucho sus comentarios.

Sucedió en el cantón Yantzaza (que traducido del shuar significa El valle de las luciérnagas), en una parroquia rural pequeña, que se llama “Los Encuentros”…
La parroquia hace honor a su nombre, tiene una panadería esquinera, justo a nivel de una “Y”, ese cruce permite elegir el camino a seguir: o bien subir a la cordillera o bien avanzar a Morona Santiago o regresar hacia Loja. Es ahí donde todos esperamos el bus, ranchera, o camioneta (si tienes algo extra de dinero). Pero ahí también se reunen las personas a ver pasar el tiempo, que en esas geografías suele ser ligero, a veces interminable… Y es justo ahí, en la “Y”, que se viven impensables “encuentros”.
En una de las bancas de madera envejecida y mohosa, de esas bancas colectivas, se “encuentra” una joven, no tan joven, ecologista, que lleva su camiseta de “no a la mina”. Mientras sus colegas buscan un café internet para imprimir algunos formularios (llevan meses montando un proceso de monitoreo de los daños en las comundiades afectadas por megaminería), ella se sienta a cuidar cajones con pollitos de crianza. Los pollitos tendrán poco más de 18 días, pero pían tanto y tan fuerte, que es imposible pasaar inavertidos, resulta una escena graciosa, ella trata de leer a Coetzee mientras niños/as, ancianos y mujeres sobre todo, insisten en preguntarle de los pequeños ruidosos.

LOS ENCUENTROS 2
-“Los pollos son un regalo para las familias de una de las comundiades afectadas por megaminería, son parte del sueño colectivo, de que esas familias, puedan retomar opciones productivas soberanas”, intenta explicar en lenguaje sencillo y cariñoso.
La chica, no tan joven, también trata de encontrarse en los encuentros, no es la primera vez, hace diez años que, por temporadas, se esconde en la cordillera para “encontrarse”, intenta evadir las preguntas concentrándose en su libro, pero en esas geografías las cosas no funcionan así, no existe el sentido de la interrupción, la “Y” está pensada para interrupirse, para acercarse, para contarse las novedades. Así que al poco tiempo desiste de Coetzee y se pone a conversar con ánimo.
Diez metros más allá, un extranjero que le duplica en estatura, de la mano de un comunero de la zona, bajan de una lujosa camioneta, los directivos de la empresa minera siempre se aseguran tener unas cuantas camionetas de “para-seguridad” detrás. Son intimidantes, su sóla presencia, incomoda.
El minero y la ecologista se cruzan miradas, saben que deben compartir silla, la silla larga, continua, mohosa y vieja. El minero se sienta con confianza e invita a su acompañante a hacer lo mismo, la ecologista se pone incómoda, piensa que una fotografía en ese preciso momento podría ilustrar una suerte de “crónica de una muerte anunciada”, mejor aún “crónica de la devastación anunciada con la megaminería”. Piensa en irse pero no quiere que la sientan nerviosa, ni incómoda, ni insegura. Además, están los pollos, cientos de pollos que no dejan de piar.
Decide hacer lo suyo, con irreverencia, pese al frío y la lluvia de la cordillera, se retira el saco para que no quede duda alguna de la consigna de su camiseta: “No a la megaminería, comundiades contra el saqueo y la contaminación”.
El minero continúa su dialogo en inglés, pretenden ignorarse el uno al otro, aunque él intenta una sonrisa benevolente. La ecologista se levanta, ingresa a la panadería a pagar su cuenta: un café y un dulce de manjar. El señor de la panadería le dice con mucha calma: “por qué no le dice al gringo, ahora que está a su lado, que le pregunte no más a usted directo, todo lo que nos suelen interrogar a nosotros sobre ustedes, quien sabe, hasta podría ser que se hagan amigos o se enamoren, tanto interés que los de la minera les tienen a ustedes, por algo debe ser”.
Con risa nerviosa, la ecologista le explica, intentando que no suene a “juicio de valor”, que ella, no habla con asesinos. Que esa empresa, es responsable de graves crímenes en no menos de tres países africanos, y entonces ya no le importa que suene a jucio de valor, eso es justo lo que quiere.
Mientras tanto, llega otra camioneta, pero esta vez con obreros de la mina, todos llevan la camiseta y el gorro de la empresa, como si fuesen obligados a membretarse el nombre de su dueño, y esta vez, a la ecologista le invade la tristeza. Reconoce en el grupo a sus compas, a compas queridos con los que desde hace tanto comparte en la cordillera la vida de la comunidad, son ellos, comuneros que viven una suerte de esclavitud consentida a cambio de un paupérrimo salario.
Se alegran de verse, se abrazan, se preguntan las novedades, no se han visto en algún tiempo… meses, años quizás… Se cuentan las tristezas, los reclamos, aprovechan para la indignación retenida, para contar las injusticias, las violencias, todo en voz muy baja porque podría costarles el puesto de trabajo… es mejor pretenderse ajenos y luego de la emoición sincera, guardar las distancias… “Ya conversaremos, ya nos estaremos viendo”, es la forma de forzar el desencuentro…
Así será hasta la próxima salida de turno, o hasta que la empresa cancele los contratos temporales y vuelvan a sus casas, a recordar que sus territorios y sus vidas han sido ocupados y controlados por la multinacional…
Llega la ranchera, siguen los encuentros, los besos y los abrazos con los compas que vienen desde Yantzaza de regreso a sus comundiades, debemos hacer varios viajes de carga para ubicar todas las cajas de pollos, la ranchera ingresa en la selva, alegre, entre risas y píos.

2 comentarios sobre “Los Encuentros (by Fernanda Solíz)

  1. La minería es un tema que indigna, entristece, preocupa, no tiene aspectos positivos que resaltar en mi opinión personal, pasa por la vida arrasando campos, arrasando la vida de personas, de familias, contaminando, matando, y lo peor es que los dueños en su mayoría son extranjeros a los que no les duele ni un poco lo que pase en nuestros países; Afortunadamente muchos pueblos han alzado sus voces y siguen luchando como esta chica para evitar que nos destrocen. Un abrazo y gracias por compartir la historia.

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