Manifiesto por un populismo democrático (por @mazzuele)

1. La democracia sin demos 

Algunos dicen que los que votaron para Donald Trump son una masa de idiotas. Queremos distanciarnos de esta interpretación. La elección de Trump, así como el Brexit y otros fenómenos políticos considerados como “anómalos”, no son más que síntomas de un desbarajuste del instituto de la representación a escala global. Trump no ganó porque el pueblo estadounidense se sintió necesariamente más racista o sexista que hace cuatro años, aunque éste haya sido el horrible ideario del cual el Presidente electo sacó inspiración. Más bien, Trump ganó porque la “izquierda” liberal abdicó el papel de garante de los intereses de las capas medias y populares, dejando a un lado la noción de conflicto y, finalmente, convirtiéndose en la mejor representante de las élites. Trump ganó porque logró encarnar histriónicamente la insatisfacción hacia el status quo, asumiendo de esta manera, en el juego de roles, el papel paradójico del anti-sistema. Él, un agente inmobiliario millonario.

Trump, el Brexit y la aparición de nuevos partidos de orientación ideológica completamente opuesta como Syriza y Podemos – así como el éxito parcial de Bernie Sanders en las primarias de los Demócratas americanos -, señalan la crisis de los actores institucionales, aquellos de las elecciones “serias “y” responsables”, arrojando luz sobre la distancia sideral que divide los partidos tradicionales de poblaciones aquejadas por acontecimientos económicos y sociales traumáticos. Esto no quiere decir que estas diferentes respuestas al sistema sean equivalentes. Más bien significa que, en un momento de crisis, la necesidad de una nueva voz por parte de los excluidos es mucho más importante que los contenidos específicos en los que es arropada. Ante la ausencia de una alternativa progresista y democrática popular, es la derecha autoritaria la que hegemonizará el campo del descontento.

Pero no es de Estados Unidos ni de fenómenos políticos globales que queremos hablar aquí, sino de cómo éstos toman forma en nuestro país. Tampoco Italia, de hecho, está representada. El aumento del nivel de abstención y de la apatía hacia la política son sólo el epifenómeno de un proceso de distanciamiento sin precedentes entre la población italiana y sus instituciones. La grieta es profunda: indica la incautación de las instituciones políticas por parte de los potentados económicos y financieros, hace de la igualdad política una reliquia de la post-guerra puramente formal, polariza progresivamente la sociedad en dos campos, las élites económicas y políticas por un lado, la gente común por el otro. La precariedad económica y existencial que desestabiliza la vida de segmentos de la población una vez teóricamente amparados ante eventuales sorpresas no es otra cosa que la manifestación más evidente de esta dicotomía. Mientras tanto, detrás de la retórica tecnocrática de “las decisiones difíciles”, “nos lo pide Europa” y “la lógica del mercado”, las instituciones ocultan su parcialidad y su indiferencia sustancial hacia las demandas de cambio. De esta manera, pedazos de soberanía, es decir porciones enteras de control sobre nuestra sociedad, se transfieren a entidades supranacionales, privando a las instituciones democráticas de su demos de referencia y convirtiéndolas en correas de transmisión de un sistema oligárquico. En este contexto, las clases dirigentes, tranquilizadas por la falta de una oposición social a la altura de la crisis, creen que pueden seguir utilizando sus posiciones de poder para defender sus privilegios. Pero se trata de una pretensión sorda a la realidad. En los desgarros producidos por la crisis económica se están creando las condiciones para un cambio político radical. Estas condiciones pueden ser explotadas tanto en un sentido regresivo y autoritario, como de una forma democrática y progresiva. El juego está abierto: no entrar a la cancha significaría dejar el potencial para el cambio a las fuerzas conservadoras y reaccionarias.

2. La insuficiencia de los actores políticos italianos

Los actores políticos y sociales existentes no se han demostrado a la altura del desafío. Una exasperada práctica transformista ha caracterizado todo el curso de la Segunda República y está dejando su huella en los albores de la tercera. No importa si a través de la imposición de sistemas electorales cada vez más mayoritarios ha tenido lugar un simulacro de democracia de la alternancia. El transformismo ha encontrado en la democracia de la alternancia su propia exaltación. Una clase política intercambiable se ha alternado en el gobierno, sin la elaboración de respuestas alternativas a las demandas que surgían en el seno de la sociedad, y limitándose en vez a seleccionar las élites a cargo de administrar las opciones de las oligarquías. El berlusconismo ha sido responsable primero de la difusión y luego de la representación del verbo más auténtico de la restauración neoliberal, mientras que la centro-izquierda ha suministrado el personal técnico más fiable.

Sin embargo, sería erróneo apelar a categorías como la de “traición”. Incapaz de interpretar los nuevos conflictos desencadenados por la modernidad, la izquierda ha oscilado entre tres tipos de respuesta: 1) una parte significativa de la misma ha elegido una respuesta transformista, que ha conllevado la adopción sustancial de las razones del adversario de antaño; 2) un sector menos importante ha permanecido anclado a una respuesta residual y defensiva, destinada a preservar los logros del pasado y resguardar su base social; 3) los sectores más radicales han adoptado una respuesta impolítica, dispuesta a mantener encendido el conflicto, pero incapaz de interpretar e interceptar las contradicciones de hoy y de saldarlas en un diseño popular orgánico. Así pues, la izquierda ha renunciado – en sus muchas variantes – a representar las demandas populares a nivel político. Por lo tanto, se ha limitado a salvaguardar una cáscara vacía que ha sido sucesivamente barrida fácilmente por los intereses y la cohesión de la oligarquía.

Una vez dado el divorcio entre democracia y conflicto, el espacio de la oposición política y social ha sido ocupado en Italia por el Movimiento 5 Estrellas (M5S de su acrónimo italiano). Al M5S hay que reconocer el mérito de haber interceptado un amplio frente de demandas de justicia que llegaban desde el país real y haber indicado por primera vez la deslegitimación de las instituciones y de la clase política. Sin embargo, su potencial para el cambio se ha estancado pronto, ya que se ha demostrado incapaz de desarrollar salidas políticas adecuadas para los problemas sociales que se han vertido en él. El límite del M5S ha sido el de no haber querido elaborar y poner en marcha una práctica coherente, fracasando en proveer explicaciones y análisis de la sociedad que fueran más allá de una referencia ambigua a un no mejor especificada “técnica”. La verdad es que si mañana el M5S llegara al poder no sabría cómo abordar las cuestiones más espinosas que aquejan el país. De la política fiscal a la exterior, pasando por los posicionamientos en la política económica, la vaguedad de los programas del M5s dejan entrever un vacío de ideas desconcertante que haría inoperante su eventual acceso al gobierno del país. En este sentido, el incierto arranque de Virginia Raggi como alcaldesa de Roma no es otra cosa que la contraprueba de esas sospechas.

La crisis de los partidos y de las instituciones de la Segunda República sigue abierta, pero existe el riesgo de que su resolución se dé por dentro del recinto de las élites, tras el modelo de lo que ya sucedió durante el ocaso de la Primera República. Para evitarlo se requiere la implementación de un proyecto cabal fundado en el populismo democrático. Podremos devolver un demos a nuestra democracia sólo si seremos capaces de aprovechar de ese difuso sentido común de justicia para repolitizar nuestra sociedad. En este sentido, la contraposición entre “defensa de las instituciones” y “deriva populista” – tan cara a las oligarquías de nuestro país – no sirve para nada. Las instituciones surgidas en parcial defensa del poder popular después de la Segunda Guerra Mundial se han visto arrasadas por la restauración. Hoy en día el partido se juega por completo dentro del campo populista: sólo el surgimiento de un populismo democrático puede dar a luz nuevas instituciones en defensa de un nuevo poder popular.

3. La creación del pueblo 

Decaída la idea de clase como hecho natural, nos encontramos en un momento en el que las mismas categorías descriptivas resultan ser insuficientes. La clase obrera ya no existe, pero todavía hay trabajadores de la fábrica, mientras que la noción de clase media ha sido vaciada de todo sentido por la crisis económica y social. A pesar de esto, la mayoría de los ciudadanos occidentales piensan y se representan como de clase media. El marcado contraste, sin embargo, entre esta auto-representación y el nivel real de acceso al consumo genera frustraciones crecientes en estratos cada vez más amplios, sobre todo en las generaciones más jóvenes, mientras que el desliz hacia posiciones de pobreza relativa afecta la seguridad adquirida por las familias y empuja a la búsqueda de responsables inmediatamente identificables. Por debajo de esta clase media omnívora permanecen solamente los excluidos, los marginados, representados principalmente por los migrantes, para quienes se plantea una cuestión de estatus, arrojando de tal forma un conflicto entre ciudadanos y no ciudadanos que desintegra la noción de derechos universales. Sin embargo, al vértice de la pirámide social se van situando capas cada vez más pequeñas y más potentes, indiferentes como nunca a la suerte del resto de la sociedad. Aumentan las diferencias sociales y se profundiza la brecha entre la riqueza y la pobreza, medidas no sólo por el nivel de ingresos, sino también mediante el acceso al consumo (cultural, tecnológico, alimentar, etc.), lo cual redefine las claves identitarias.

En la organización del trabajo, la aparición de la idea del trabajador libre y autónomo, pero en realidad privado de ambas prerrogativas, cambia el enfoque de la cuestión desde la subordinación y la dependencia laboral hacia una condición subalterna mucho más degradante. De tal forma se ponen en juego también posiciones intermedias, de las cuales son parte también las realidades de la pequeña empresa. Al mismo tiempo, incluso dentro del mundo del trabajo dependiente se manifiesta la consolidación de elementos del ciclo de producción cuya característica distintiva es una acentuada flexibilidad que llega a solapar con la precariedad. Esta última, la precariedad, se ha convertido en el elemento unificador de los falsos autónomos, el empleo subordinado, las iniciativas empresariales locales y los migrantes. La inseguridad y el endeudamiento son elementos unificadores y transversales a las identidades laborales y a las diferencias de estatus. Estos cambios son de tal envergadura que han causado el agotamiento del empuje clasista de los siglos XIX y XX , que se fundamentaba también en elementos comunitarios y de identificación inmediata, dejando en legado una desorientación a la cual hay que remediar a través de la capacidad de imaginar una nueva comunidad, ya que el poder movilizador de las identidades no ha cesado. Se trata de recuperar este elemento de cohesión en la construcción de una nueva comunidad: ya no haciendo hincapié en una clase entendida como un hecho sociológico, como algo ya dado, sino más bien en una comunidad imaginada que ancle el cambio en la articulación de prácticas reivindicatorias que contienen una hipótesis universalista. Éstas deben dar voz a las justas demandas de decencia que se expresan, tratando de canalizar la rabia y la frustración de grandes capas de la población con lenguajes e instancias por ellas comprensibles y sentidas como propias.

¿Cuáles podrían ser las reivindicaciones para construir una sociedad decente? La protección del medio ambiente, entendido también como el espacio más cercano que nos rodea, desde los casos de inestabilidad hidrogeológica hasta los desechos; la alimentación, donde se registra una desproporción de los costes por la cual la comida controlada y segura resulta inaccesible para muchos; la inseguridad social y laboral, en la que tenemos una enorme gama de ejemplos; los servicios sociales, a partir de la atención primaria de salud con todos sus desequilibrios; la variada configuración de los bienes comunes; las formas de ayuda a la renta; los problemas de la soberanía limitada; las políticas económicas y fiscales; la redistribución de los recursos; la lucha contra la burocratización (certificaciones innecesarias, desviaciones, clientelas que se esconden entre los tramites); la hostilidad a la nomenclatura, a una clase política blindada en sí misma con el hormigón de las grandes potencias; el ataque a la corrupción; el transporte público; electricidad, agua y calefacción gratuitas; la protección del ahorro; los derechos civiles y sociales; la lucha contra las mafias; la reivindicación de un sistema de educación gratuita y de calidad. Todos estos son temas sobre los cuales construir una plataforma para el populismo democrático capaz de armar un programa de transformación con una visión de futuro que recupere la carga crítica y la capacidad de imaginación de una idea de democracia eficaz e inclusiva.

4. La elección populista

La diversificación de los tipos de reivindicación en las sociedades contemporáneas presenta al mismo tiempo oportunidades y desafíos para los que pretenden desquiciar las inercias políticas sedimentadas en las últimas décadas. Si por un lado esta pluralidad constituye una riqueza indiscutible, su heterogeneidad hace sin duda más difícil la posibilidad de que entre ellas se establezca una relación de analogía y cercanía. En efecto, su diversidad no se limita sólo al contenido (economía, género, ecología, cuestión moral, etc.), sino que se extiende también y sobre todo a las formas en que se manifiestan. Mientras que algunos tipos de opresión han encontrado respuestas históricamente más combativas, otros han generado expresiones de insatisfacción hacia el status quo más genéricas. De este fenómeno trascendental la izquierda histórica ha sido en gran medida indiferente en los últimos treinta años, pretendiendo ingenuamente que su lenguaje y sus símbolos pudiesen agregar aún más allá de un electorado histórico en rápida extinción. Esto fue parcialmente posible hasta que el conflicto capital-trabajo en la forma más clásica siguió ocupando una posición central en la definición de las identidades políticas. Caída esta centralidad, cualquier camino político con ambiciones hegemónicas sólo puede comenzar desde la tejedura de instancias de naturaleza distinta.

Esta toma de conciencia conlleva una dosis masiva de ductilidad en la innovación de las herramientas simbólicas y el aflojamiento de coordenadas ideológicas y normativas demasiado rígidas. En este sentido, se debe reconocer que el malestar social se expresa principalmente a través de formas, símbolos y organizaciones ajenas a la izquierda, y que cualquier insistencia en ese repertorio no haría otra cosa que permitir a las clases dominantes de situarnos en un lugar a ellas congenial, en tanto de fácil neutralización. En otras palabras, la creación de una nueva voluntad popular que mantenga unida una mayoría social maltratada por las clases dirigentes debe ser capaz de hablar de las diferentes situaciones y de los diferentes contextos de la opresión, tratando de amalgamar sectores que actualmente difieren de manera sustancial bajo el perfil ideológico, sociológico y antropológico. La construcción de un nuevo sujeto podrá proceder sólo negativamente, es decir, a través del establecimiento de fronteras políticas que estructuren de manera inequívoca las relaciones entre diferentes agentes sociales y simplifiquen el espacio político. El despliegue del antagonismo, o sea la proyección de un adversario común a esta mayoría maltratada, es entonces el momento fundacional que dota un proyecto político de sentido y significado. Llamamos a este tipo de creación política populismo. Contrariamente al uso convencional entonces, para nosotros el populismo no es sinónimo de demagogia o autoritarismo. Estamos firmemente convencidos que el populismo no describe ni una patología política ni una ideología, sino que consiste más bien en una lógica constitutiva de la política a través de la cual diferentes proyectos compiten por hegemonizar el campo social.

5. Símbolo y liderazgo

El proceso de articulación de las demandas insatisfechas en contraposición a las élites ha tenido lugar por lo general en torno a un elemento específico que actúa como facilitador en la agregación y que al mismo tiempo las saca a colación y evoca. Este elemento puede ser una cuestión especialmente sentida por amplios segmentos de la población. En el caso italiano, la cuestión moral juega desde hace algunas décadas el papel de horizonte salvífico que diversas fuerzas políticas han tratado de cabalgar y adaptar a su perspectiva política. Actualmente, es el M5S el que detiene la primacía de esta demanda: un dominio que es preciso disputar y sustraer, desafiando la estrecha correspondencia que su discurso dibuja entre ilegalidad e inmoralidad, y destacando que esta última también lleva el ropaje de banqueros, capitanes de industria y constructores que, en perfecta armonía con las leyes, empobrecen poblaciones, externalizan puestos de trabajo y expulsan segmentos populares de barrios enteros.

En otros contextos, sin embargo, el papel unificador puede ser desempeñado por una persona, el líder, en el cual se cristalizan las demandas democráticas frustradas. Aquí hay que romper un tabú caro a los racionalistas de izquierda: las identidades colectivas no son el resultado inmediato del discernimiento objetivo de los intereses de cada quien, sino procesos mediados y contingentes, dictados en gran medida por la capacidad de movilización de los investimentos pasionales. Ya sea un líder o una demanda la que promete plenitud social, es importante reconocer los límites del conocimiento y captar la productividad social de la cual los símbolos y los mitos son dotados. El líder puede ser en este sentido un instrumento importante para generar afectos políticos y socavar inercias de lo contrario inamovibles, y que el mero razonamiento no es capaz de afectar. El nacimiento de un líder no debe ser visto como un fenómeno necesariamente narcisista o despótico: en la medida en que comparte rasgos con los que lo siguen, el encuentro se dará en la mitad del camino, haciendo de él un primero entre pares capaz de mantener unidas demandas heterogéneas. Un César democrático, en otros términos, que sepa repolitizar todos los diferentes tipos de opresión de las cuales sufren los subalternos y que las oligarquías quieren hacer pasar como naturales.

6. La nación como nivel de intervención

El mayor obstáculo para cualquier proyecto que hoy en día decide desafiar el status quo es el que se refiere al espacio. En efecto, existe una contradicción con respecto a dónde intervenir que no es posible esquivar y a la cual hay que hacer frente de manera pragmática, exentos de cualquier apego a visiones románticas. Si bien por un lado hay que ser conscientes de que el poder está cada vez menos basado en el Estado, por el otro no se puede negar que el único espacio al cual se puede acceder es el estatal o el de instituciones locales dependientes del Estado. Aunque despojado de muchas de sus prerrogativas históricas en efecto, la política continúa teniendo en el Estado el único lugar depositario de un poder obtenible electoralmente. Por ello es recomendable barrer el campo de cualquier incertidumbre en este sentido: la conquista del poder político es una condición mínima, pero en sí misma insuficiente para forjar nuevos modelos socioeconómicos. En este momento, el Estado puede a lo más corregir los desequilibrios más evidente del sistema actual, a partir de los elementos de sentido común más difusos. Lo cual, en cierto modo, ya puede ser mucho.

En este sentido creemos que el mantra según el cual los Estados han sido totalmente fagocitados por los mercados no es exacto. La contraprueba es dada precisamente por el fracaso del capitalismo financiero informatizado, el cual, en el otoño del 2008, se vio obligado a recurrir a la intervención masiva del Estado para salvarse de la catástrofe. Por consiguiente, el Estado ha demostrado ser decisivo cuando el capitalismo financiero lo ha necesitado. El aparato estatal representa en este contexto una forma de seguro de última instancia a las consecuencias más nefastas del libre juego de los mercados. Es justamente por esta razón que la finanza tiene cada vez más necesidad de controlar la política y garantizar que los inquilinos de los palacios presidenciales no pongan el palo en las ruedas. En realidad entonces, el Estado todavía detiene una serie de instrumentos fundamentales que, si activados de forma inteligente, pueden afectar sustancialmente la realidad socio-económica. Esto no quiere decir que los desarrollos políticos y económicos de los últimos 40 años no hayan producido una reducción significativa de las capacidades estatales de regulación, control y asignación de los recursos. El Estado-nación no ha muerto, pero es sin duda muy diferente de lo que era antes. Tanto es así que los Estados están obligados hoy en día a actuar en red, es decir a crear una serie de relaciones entre Estados y con una pluralidad de actores sobre y sub-nacionales, tanto públicos como privados. El análisis del Estado, por lo tanto, no puede prescindir del análisis del conjunto de nudos y de la maraña de interacciones en las que las instituciones estatales están involucradas.

Este razonamiento nos lleva a pensar que las trasformaciones más profundas sólo pueden darse cuando determinadas redes son opuestas a otras redes. La creación de una nueva red se debe entender en todos los sentidos posibles. Por un lado, se trata de forjar alianzas internacionales entre actores estatales afines para crear espacios de alternativa más amplios y para acrecentar la eficacia de las políticas anti-austeridad. Esta posibilidad, sin embargo, se hace difícil por las diferentes velocidades a las que viajan los diferentes debates nacionales y por los tiempos con que tienen lugar (si lo hacen) los procesos de cambio. El aislamiento de Grecia en el verano de 2015 ha sido emblemático. Sin embargo, el de Grecia es un caso extremo, tanto por la exigüidad de su economía como por la indisponibilidad de liquidez para afrontar en el corto plazo opciones más radicales. Creemos en cambio que Italia, aunque no sea inmune a las influencias externas, se encuentra en una mejor posición para poner en práctica las políticas inspiradas por el sentido común. El grado de audacia de estas políticas es dado por el otro sentido en que se entiende la palabra red aquí. Se trata de la capacidad de establecer una conexión profunda con una pluralidad de actores sociales a la que ya nos hemos referido. En la medida en que el cambio propuesto va acompañado de la consolidación de un nuevo bloque histórico, éste podrá ser de mayor alcance. En otras palabras, el poder del Estado debe ser alimentado por el combustible de un profundo enraizamiento popular y por una movilización lo más extensa posible.

Esta movilización, sin embargo, no se llevará a cabo sobre la base de un genérico llamamiento al europeísmo o una defensa acrítica de los procesos de integración europea. No es una cuestión de ceder a tentaciones chauvinistas o proto-fascistas. Simplemente estamos convencidos de que la Unión Europea es un proyecto oligárquico demasiado sedimentado como para ser “democratizado” a través de un movimiento de opinión que carece de un verdadero espacio político en el cual hacerse valer. Europa sigue siendo una referencia privilegiada, pero es un plano que tiene que ser reconstruido sobre líneas diferentes a las de hoy. La Europa de los mercados tiene que ser reemplazada por una Europa de los pueblos y de la solidaridad que vuelva a poner sobre la mesa la cuestión social. Con esta perspectiva internacionalista en mente, se debe empezar desde el nivel más bajo en el que la agregación es más natural y su impacto cobra eficacia. Ningún verdadero internacionalismo puede, de hecho, ignorar o allanar la cuestión nacional. Por otro lado, el proceso de constitución de las identidades políticas sigue pistas sobre todo nacionales, dictado por diferencias culturales y lingüísticas todavía muy profundas. En este contexto, la reivindicación de nociones tales como soberanía y patria significa disputar nociones hegemónicas a nuestros adversarios y matizarlas en términos de mayor democracia. Además, sería miope no entender que estos significantes se alimentan de experiencias de humillación y sufrimiento social reales, que conllevan para la gente común una pérdida de control sobre sus destinos y sus territorios. Lo importante es hacer entender que la mejor manera de recuperar la soberanía y encarnar el amor patrio no pasa por la exclusión de los extranjeros o por un retorno a una concepción cerrada e ingenua del Estado-nación, sino desarrollando una política que devuelva sentido a las instituciones democráticas y sustraiga las decisiones que cuentan a bancos de inversión y corporaciones.

7. Las organizaciones populares 

Sólo una visión candorosa de la política puede sugerir que la conquista del poder popular puede ocurrir espontáneamente o como consecuencia de una ola de indignación. La batalla va a ser larga, difícil y agotadora. Se harán necesarias posiciones seguras para encararla. No necesariamente las de un partido: lo que necesitamos hoy es un movimiento más articulado, en el que las diversas organizaciones de expresión popular puedan coordinar su acción. A nivel de base así como a nivel intelectual, este movimiento debe adoptar estructuras útiles para despertar la movilización popular y la reflexión política. Nuestra tarea, sin embargo, no se puede limitar a la agitación intelectual o a la propaganda: la construcción de un discurso coherente que junte las demandas sociales sin respuesta es necesaria pero no suficiente para nuestro éxito. Ante todo, el movimiento debe ponerse el objetivo de hacer aflorar aquellas demandas y aquellos conflictos no resueltos que permanecen en silencio. Hacer palpable la injusticia a estratos cada vez más vastos de la sociedad: desde el pueblo a la gran ciudad, los tronos de los cuales está llena la sociedad deberán volver a temblar.

¿Qué actitud mantener hacia las organizaciones existentes? Es evidente que un movimiento como el que proponemos sólo puede desarrollarse en gran medida “contra” el sistema. Esta consideración, sin embargo, no debe dar lugar en la práctica a formas de cierre sectario o maximalista. A nivel de base, en los partidos, en las organizaciones políticas, están al acecho recursos inquietos e insatisfechos, dispuestos a movilizarse. Lo mismo ocurre con los sindicatos: éstos – a pesar del retraso en la adaptación a las trasformaciones del trabajo y su creciente proclividad a los patronatos – son las últimas organizaciones existentes en responder, en última instancia, a la gente común que los compone. No es una casualidad, por otra parte, si hoy la artillería de las élites se centra en ellos: son las únicas organizaciones nacionales que aún están fuera de su control.

Esto no quiere decir que los protagonistas del cambio puedan ser fragmentos de proyectos políticos que ya han dado prueba de su incapacidad. La unión de más debilidades no hace la fuerza. Hace falta una revolución copernicana en la concepción de un nuevo proyecto de transformación. La apuesta es la de dirigirnos a una mayoría social, en vez de las minorías políticas. No a los “decepcionados por el Partido Democrático”, sino a los desalojados. No a los veteranos de la izquierda radical, sino a los que han perdido sus puestos de trabajo. No a los herederos del movimiento anti-globalización, sino a los jóvenes que ven desaparecer todo horizonte de realización profesional y de independencia económica. En lugar de apelar a fragmentos de una clase política que ya no es representativa, se deben movilizar las energías que surgen en el seno de la sociedad y darles una salida política.

Un discurso parecido es válido para las muchas asociaciones que conforman la sociedad civil italiana: éstas suelen tener una visión parcial de la realidad, apoyándose de vez en cuando a la política institucional para resolver sus cuestiones de interés. Al mismo tiempo, sus dirigentes tienen una tendencia a servirse de su militancia como un trampolín para insertarse en las clases dirigentes locales o nacionales. Esta doble inclinación hace que el carácter político de estas asociaciones se disperse, hasta desaparecer por completo en algunos casos. Sin embargo, ellas siguen siendo una manifestación importante de una participación política popular y autónoma de las élites. Por lo tanto, es necesario ponerlas en comunicación, unirlas bajo un discurso inclusivo. Llevar su natural carga política a un proyecto más complejo. A este proceso será luego fundamental asociar el desarrollo de los espacios y de los lugares físicos de la autonomía popular. La larga historia de la auto-organización popular – en su triple encarnación: sociedades de mutuo socorro, casas del pueblo/círculos y centros sociales – debe ganar impulso en una nueva ola que valorice los espacios existentes y cree unos espacios nuevos ahí donde no están presentes. No para practicar nuevas divisiones de la gente común en el nombre de (supuestas) contraculturas, sino para representar áreas en las que la nueva política de sentido común encuentre su caldo de cultivo ideal.

Fuente: La Circular

 

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